lunes, 14 de diciembre de 2009

Barack Obama y el Nobel de la Paz

Barack Obama recibió ayer el Premio Nobel de la Paz. Cuando la concesión se hizo pública, hace un par de meses, Amnistía Internacional no tardó en pedir al presidente estadounidense que centrara sus esfuerzos para promover la paz en la justicia, los derechos humanos y el Estado de derecho, en consonancia con el espíritu del galardón recibido. Queríamos recordar que el camino hacia la paz no es solo una declaración de intenciones, sino que pasa necesariamente por tomar medidas concretas en defensa de los derechos humanos.
Semanas después, Obama visitó China, un país que sufre una verdadera escalada de violaciones de derechos humanos. Fue su primera gran oportunidad, como Nobel de la Paz in péctore, para colocarlos en un lugar prioritario de la agenda bilateral, en un momento en que EEUU y China se perfilan como las dos superpotencias del planeta. Pero en el encuentro ambos países pasaron por la cuestión de los derechos humanos de puntillas, porque saben que los dos tienen muchas asignaturas pendientes en este asunto, y ninguno de ellos puede lanzar la primera piedra.

Si efectivamente EEUU y China están llamados a ser los principales protagonistas en el mundo globalizado del futuro, no deben olvidar que el liderazgo siempre comporta enormes responsabilidades en derechos humanos. Deben predicar con el ejemplo. La pregunta es: ¿están realmente dispuestos a ello?
Cierto que EEUU es, en el imaginario de muchas personas, el país que más ha luchado por los derechos civiles y políticos. Su Constitución garantiza la libertad de culto, de expresión o de reunión desde 1791. En el siglo XIX sufrió una guerra civil cruenta contra la esclavitud. En el siglo XX jugó un papel crucial en la creación de la ONU y en la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero millones de personas en EEUU viven hoy en la más absoluta marginación, mientras que las tasas de mortalidad materna en algunos lugares son un escándalo para un país desarrollado. El experto independiente sobre la cuestión de los derechos humanos y pobreza de la ONU declaró durante su misión a este país: «Es una paradoja que en Estados Unidos, el país más rico de la Tierra, se den situaciones de extrema pobreza». Su informe recoge testimonios como el de Jean Rice, de Nueva York: «(...) Hemos pasado de una pobreza más o menos sostenible a la exclusión. (...) He caído en una situación que jamás había conocido. En mi caso confluyen una serie de factores sociales y económicos que son racistas e injustos».
Por su parte, en China no existe libertad de expresión. El Gobierno ejerce un control férreo de los medios de comunicación, y vigila todo lo que circula por internet con la ayuda de la más avanzada tecnología, en algunos casos proporcionada –qué ironía– por empresas de EEUU. Un caso muy conocido es el del periodista Shi Tao, condenado a 10 años por enviar un correo electrónico sobre la represión de Tiananmen. La persecución de activistas políticos y pacifistas está a la orden del día y los abusos de la policía suelen quedar impunes. Miles de personas son condenadas a muerte y ejecutadas cada año. Las minorías étnicas son reprimidas de forma sistemática, como ocurrió en el Tíbet en el 2008 y en julio pasado en la región de Xinjiang. La tortura y otros malos tratos son prácticas generalizadas.
Ante esta situación, ¿cuáles son los pasos a dar? La primera cuestión que deben asumir los dos países es que todos los derechos humanos son interdependientes e indivisibles, y que todos necesitan igual protección. Tan importantes son los derechos civiles y políticos –libertad de expresión, no sufrir tortura o tener un juicio justo– como los económicos, sociales y culturales, que reconocen el derecho de todas las personas a obtener alimentos y agua, asistencia médica básica, educación y vivienda, o disfrutar de un nivel de vida adecuado.

Se trata de una evidencia que ya ni siquiera se debate en algunos países. Pero que Obama y Hu Jintao tienen dificultades para aceptarla es fácilmente demostrable: EEUU aún no es parte del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, mientras que China no lo es del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Estos pactos son de una extraordinaria importancia. Son unos instrumentos de la ONU ya adoptados por muchos países y que establecen mecanismos de protección de los derechos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y procedimientos concretos para denunciar violaciones de esos derechos por parte de los estados. A través de estos pactos, los estados se comprometen frente al resto de la comunidad internacional a respetar y hacer respetar los derechos humanos.
La ratificación de estos pactos es la primera tarea, no la única, que deben acometer los dos países si su compromiso con la justicia, la libertad y el bienestar de las personas es real. Los discursos por la paz y las palabras grandilocuentes sobre el desarrollo y la amistad entre los pueblos tienen su momento, pero ha llegado la hora de la verdad. Señores presidentes, aquí tienen mi pluma, sírvanse ratificar los pactos sin más dilación. Gracias

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