domingo, 31 de octubre de 2010

Presos en el Libano a escena

En medio de colinas desde las cuales se puede apreciar el mar Mediterráneo se encuentra la prisión de alta seguridad libanesa de Roumieh. En sus celdas hay extremistas religiosos, asesinos, mafiosos y convictos por espionaje. Sólo algo parece fuera de lugar: un escenario.

Suele decirse que, detrás de los muros con alambre de púas de esa prisión, los simples ladrones se convierten en formados líderes del bajo mundo.

La cárcel alberga a 4.000 reclusos, aunque fue construida con capacidad para 1.500. Su aspecto es desolador. Pero un original proyecto les está dando a los presos nuevas posibilidades. La actriz Zeina Daccache, fundadora del Centro Libanés de Teatro Terapéutico (Catharsis), comenzó a trabajar el año pasado en Roumieh. Tras colaborar con el distinguido terapeuta teatral Armando Punzo en la prisión italiana de Volterra, quedó convencida del poder de las artes escénicas para cambiar la vida de los reclusos.

Hay iniciativas como esta en muchos países, pero es la primera de la región de Medio Oriente.

"El teatro es un lujo en la situación en que estamos", dijo a IPS, refiriéndose a las dificultades políticas y económicas de Líbano. Nos "permite descubrir y crear otras identidades que son más constructivas que la de ‘delincuente’", explicó.

Tras meses de trámites burocráticos y cientos de audiciones, Daccache conformó un elenco con 45 presos para poner en escena "Twelve Angry Men" (conocida en América Latina como "Doce hombres en punga" y en España como "Doce hombres sin piedad").

La obra, escrita por la estadounidense Reginald Rose en los años 50, cuenta la historia de un jurado de 12 personas que deben decidir si condenar a muerte a un joven de 18 años acusado de matar a su padre. Once creen que es culpable y uno sólo lo considera inocente, aunque lentamente comienza a convencer a los demás.

La elección de la obra, que toca temas como el perdón, la superación personal, el estigma y la esperanza, no fue accidental. "Nadie repara en él, nadie lo escucha, nadie le hace preguntas", señaló Wissam, uno de los presos, en alusión al personaje principal y con quien se siente identificado. "Es muy triste no significar nada", apuntó. Al texto original, Daccache le agregó monólogos, canciones y bailes creados por los presos y que representan sus propias experiencias.

Jibran, a punto de cumplir su condena por violación, teme ser rechazado por la sociedad cuando salga de la cárcel. Legalmente estará libre, pero le espera una "prisión sin paredes", se lamentó con lágrimas en los ojos. La adaptación de la obra se llama "Doce libaneses sin piedad", aunque actúan también nigerianos, sirios, egipcios, palestinos y un bangladeshí, cuyo monólogo se refiere al racismo que padeció fuera y dentro de prisión. "Afuera soy un esclavo y adentro soy un esclavo", subraya. La crítica que recibió tras su estreno en febrero de 2009 fue muy buena. Altos funcionarios del gobierno, del ejército y de seguridad fueron a verla a Roumieh. Después de un año se estrenó "Doce libaneses sin piedad: el documental", que ahora se muestra en distintos festivales internacionales. Obtuvo varios galardones, el primer premio en el Festival Internacional de Documentales de Siria y otros dos importantes en el de Dubai, uno de los Emiratos Árabes Unidos. Daccache explicó que realizó el filme para derribar estereotipos. "Todas las noches cuando llego a casa tengo mensajes de personas sensibilizadas por la película que, por primera vez, ven a los delincuentes como seres humanos", contó. "El documental les permite dar una mirada a Roumieh", añadió. La directora también quiso remarcar la necesidad reformar el sistema carcelario de Líbano, donde no hay programas de rehabilitación, y promover el teatro terapéutico como herramienta indispensable para atender el problema de la reincidencia.

Al principio del documental, Daccache indaga sobre el pasado de los presos. Muchos son renuentes a hablar, pero con el transcurso de las sesiones se van abriendo.

"A veces es más fácil representar nuestros problemas que hablar de ellos", indicó Daccache. "Los presos tienen total libertad en el espacio de usamos para ensayar, pueden expresarse, bailar, gritar, cantar, actuar y echar a volar su imaginación", explicó.

Muchos de ellos agradecen a Daccache por ayudarlos a superar algunas dificultades, a mejorar su comunicación, su capacidad de relacionarse y por colaborar para que se trazaran objetivos.

Uno de ellos tenía tantas ganas de participar que aprendió a leer.

"Antes del proyecto razonaba como un delincuente", dijo Ziyad a IPS. "Ahora no quiero que venga alguien como Zeina y me vea otra vez en prisión. Aprendí tantas cosas que, quizá, si las hubiera sabido de más joven, no habría terminado aquí", añadió.

Otro de los logros de la iniciativa fue que se empezaron a reducir las penas por buen comportamiento. Nunca se había aplicado la ley creada en 2000. Dos meses después de estrenada la obra, que menciona ese asunto, el Ministerio de Justicia comenzó a aplicó la norma.

El éxito fue tal que Daccache repite la iniciativa, pero se niega a revelar el argumento. También tiene previsto repetir la experiencia en otras cárceles. Ella también trabaja con mujeres afectadas por conflictos y personas con adicciones.

"Nunca pensé que fuera a durar", señaló. "Pero no se puede parar, la continuidad es lo que realmente le sirve a los presos", añadió

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