lunes, 22 de noviembre de 2010

Jerusalem, infierno para palestinos

El primer ministro palestino se aventuró en la ocupada Jerusalén oriental, pasando por encima de autoridades de seguridad de Israel, que intentaron detenerlo.

Durante más de cuatro décadas, los palestinos de la ocupada Jerusalén oriental han vivido atrapados entre el argumento de los israelíes, que sostienen que "una Jerusalén unida" es su capital eterna, y los reclamos palestinos de que el este de la ciudad sea la capital de su futuro Estado.

Según las leyes israelíes, a los 250.000 palestinos que viven aquí les corresponden todos los mismos servicios que disfrutan los jerosolimitanos israelíes. Sin embargo, Israel ha cumplido esto a medias.

El deterioro y abandono estructural son las características generales de la ocupación israelí: calles sin pavimento, falta de aceras, escasa o nula iluminación de vía pública, montículos de basura sin recolectar, desborde de aguas servidas en invierno, escuelas hacinadas y, sobre todo, casi ningún nuevo permiso de construcción otorgado por Israel.

Al estancarse las negociaciones de paz entre palestinos e israelíes recientemente reanudadas, la situación de limbo en que viven los palestinos de Jerusalén oriental solamente se intensificó.

En los últimos años, Israel construyó su barrera de separación de ocho metros de altura. El muro atraviesa el corazón del área que Israel define como Jerusalén oriental, que anexó luego de la guerra de 1967.

A consecuencia, decenas de miles de palestinos viven ahora más allá de ese muro, que de todos modos está dentro de las fronteras municipales definidas por Israel. Así que, irónicamente, el muro ha ayudado a los palestinos a empezar a salir del laberinto.

Hasta ahora, la posición oficial de los palestinos ha sido que, en tanto potencia ocupante, Israel tiene la responsabilidad de brindar todos los servicios. Ahora, Palestina e Israel están comprometidos en un nuevo intento por conquistar las mentes y los corazones de Jerusalén oriental.

El primer ministro palestino Salam Fayyad ha tomado la iniciativa. La semana pasada visitó una escuela secundaria en el barrio de Al-Barid, en la parte nororiental de Jerusalén, al terminar de renovarse 15 escuelas en toda la zona palestina de la ciudad.

Se trata de proyectos asumidos por su Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Al plantar un olivo a la entrada de la escuela de Al-Barid, Fayyad dijo que Jerusalén era "el corazón del futuro Estado palestino y su capital eterna".

Sin embargo, se abstuvo de visitar otro barrio, Dahyiat Al- Salam, más cercano al centro de la ciudad, luego que el ministro de Seguridad Pública de Israel, Yitzhak Aharonovitch, prohibió "toda actividad de la ANP dentro de territorio israelí".

Sin embargo, eso no impidió que el gobierno de Fayyad destinara 350.000 dólares a pavimentar calles y mejorar infraestructura en Dahyiat Al-Salam.

"Cada año, los habitantes de aquí pagan millones en impuestos a la municipalidad de Jerusalén", dijo Nasser Jubran, presidente del comité del barrio y activista de la sociedad civil, mientras esperaba en vano recibir al primer ministro.

"Sin duda nos corresponde un nivel mínimo de servicios", señaló.

Desobedeciendo la prohibición israelí en Al-Barid, Fayyad se comprometió a "continuar asistiendo a las instituciones palestinas en Jerusalén, especialmente en materia de infraestructura educativa".

La ANP también ayudará, "donde sea posible", a construir nuevas escuelas y a brindar otros servicios para mejorar las vidas de la población de Jerusalén oriental, dijo.

Eso es precisamente lo que los líderes comunales de otros vecindarios palestinos dicen estar haciendo por sí mismos. Naim Aweisat es uno de ellos.

"Nos parece bien que la ANP nos ayude como sea. Pero no podemos continuar por siempre haciendo que nuestras esperanzas pendan de un acuerdo político, esperando que la ocupación simplemente se desvanezca", declaró a IPS.

A fuerza de ser catalogados como "residentes", a los palestinos de Jerusalén oriental (incluidos quienes viven más allá del muro) les corresponde la misma atención a la salud que disfrutan todos los israelíes.

El problema, según Aweisat, "es que en Jerusalén oriental prácticamente no hay clínicas".

Eso lo impulsó a abrir una moderna clínica. En el nuevo edificio de tres pisos trabajan médicos palestinos y árabes israelíes. Y Aweisat planea duplicar la cantidad de pacientes --3.500-- que actualmente se atienden allí.

La clínica se ubica en el límite entre su barrio, Jabel Mukaber, de 25.000 habitantes, y Silwan, donde viven 50.000 personas.

Silwan es un punto álgido, dado que los palestinos intentan, infructuosamente, impedir que cientos de nuevas familias judías se asienten en el corazón de su vecindario.

Cuando el mes pasado una delegación de legisladores israelíes derechistas fueron hasta el lugar para mostrar su apoyo a los colonos, jóvenes palestinos indignados apedrearon su convoy blindado.

En la tarde del 7 de este mes, el director general del fondo israelí de salud, a través del cual brinda sus servicios la clínica de Aweisat, tenía previsto visitar las nuevas instalaciones.

También tenía programado concurrir el alcalde israelí de Jerusalén, Nir Barkat, aparentemente queriendo demostrar su apoyo a la iniciativa, así como conquistar las mentes y los corazones de la población de este barrio habitualmente tranquilo.

Tras consultar con sus colegas del comité barrial, Aweisat accedió.

Sin embargo, al enterarse apenas una hora antes de esa visita oficial israelí, de que el Ministerio de Seguridad Pública planeaba ofrecerle al alcalde un enorme operativo de seguridad, Aweisat canceló la modesta ceremonia inaugural.

"No queremos esa clase de acción provocadora aquí. Esto no es el sur de Líbano ni Gaza. Simplemente queremos brindar servicios a nuestra población", explicó.

Un diplomático occidental que intenta promover este tipo de emprendimientos de la sociedad civil palestina en Jerusalén oriental y que estaba por asistir a esa ceremonia, dijo a IPS: "Continuaremos nuestros contactos con estas iniciativas palestinas. Tal vez, sin embargo, sea mejor hacerlo discretamente, sin bombos y platillos, en esta delicada etapa de la construcción de la paz"

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